La pordiosera

Poema de la consciencia a las profundidades.

¡Oh ánima que ante mí te presentas!

Tu morada es un misterio

 en lo más hondo de mi existencia.

Tú que incorpórea tus caderas

contoneabas con sutil destreza

mientras sinuosa bailabas

la danza de la Tierra.

En mis sueños te apareces

sumida en la desgracia,

pordioseas para que haga

lo que a mi consciencia no alcanza.

¿A mi interior le gritas? ¿Pides obediencia?

Lo siento princesa, demasiado tarde.

A mis amos internos los he liberado.

Tú eres la última que queda

en esta prisión etérea

a la que te obstinas en agarrarte.

La definición de la vida

Una cuestión de voluntad.

Si en algo creo que debe corregirse lo dicho por Zaratustra en la magna obra escrita por Nietzsche es en la definición que nos ofrece de la vida. En ella se afirma que la vida es voluntad de poder, es decir, voluntad más ambición de dominio. Pero la voluntad de poder como definición de la vida no es completa, en tanto que es excluyente de otra voluntad que también se manifiesta, en mayor o menor medida, en todas las formas de vida consciente, la voluntad de libertad. Son excluyentes dado que quien ambiciona el poder, lo alcanza en detrimento de su propia libertad, pues no tendrá más remedio que someterse a la obediencia que toda jerarquía de mando impone, máxime a quien está en su cúspide.

Toda vida tiene, indefectiblemente, voluntad. Hasta en el caso más extremo imaginable, como es el de la persona que vive en un estado vegetativo irreversible, persiste la voluntad del cuerpo de continuar realizando las funciones vitales más esenciales, aunque sea tan sólo de forma inconsciente.

La voluntad consciente supone la exteriorización de una anterior voluntad inconsciente que el organismo ha sido capaz de procesar. Aquélla no puede existir sin ésta, mas ésta puede existir sin aquélla. Lo consciente implica la intelección por parte del organismo de lo que se está haciendo, para lo cual se requiere necesariamente de un cerebro. Sin embargo, el intelecto no es condición sine qua non de la voluntad, pues ésta surge originalmente en lo inconsciente, y sólo después puede hacerse consciente en el organismo capacitado para ello. Se plantea aquí la cuestión de si las plantas, hongos y microorganismos forman realmente parte de lo inconsciente y si, por tanto, existe en ellos una verdadera voluntad. Cuestión que puede resolverse con la simple observación del comportamiento de sus células. La voluntad no es exclusiva de los animales (aunque sí pueda serlo la voluntad consciente). En las plantas, los hongos y todos los microorganismos existe una clara voluntad de alimento, desarrollo y reproducción.

La vida es voluntad de conservación. Desde que se nace hasta que se muere, todo organismo deviene en una sucesión de voluntades manifestadas, consciente o inconscientemente, a partir del más profundo y variable querer para vivir. Cómo y de dónde surgió la primera manifestación de voluntad en un planeta que en un principio carecía por completo de vida es algo que todavía se escapa a nuestra comprensión. Dios no puede bastarnos como respuesta, pues Él no es comprensible.

Lo inconscientemente colectivo

Ante la inmensidad sucumbió mi ánimo,

no supe interpretar su profundidad,

aquello que en el fondo es por todos compartido,

de lo que cada uno tan sólo conoce su parcialidad.

Todos disponemos de ello.

Todos somos influenciados por ello.

En el fondo, todos formamos el ello

ignorantes de su existencia

e inconscientes de su esencia.

¿Cómo describir lo indescriptible?

¿Cómo mostrar lo indemostrable?

¿Cómo señalar lo invisible?

¿Cómo dar lo irrenunciable?

El rugir de la bestia

Ruge la bestia

por todo aquello que su corazón anhela,

mas sus cimientos se resbalan,

se deshacen los picos de su consciencia.

En las profundidades se esconde el secreto de su esencia,

aquello que lo eleva por encima de toda creencia,

que lo coloca en el centro de todas sus experiencias.

A su propia voluntad atada por la fuerza

surgida de su inconsciente potencia,

 en busca de nuevos dominios

 ruge la bestia.

 

En la inevitable erosión del mañana

guarda el inconsciente las memorias extraviadas.

La acción mental más sencilla

 es por la bestia olvidada,

 imperceptible tras complejas estructuras

que, cuanto más rígidas, más arruinadas.

Cuanto más alejada del latir en su pecho,

menor libertad tiene en sus movimientos,

más se aleja de la salida al desierto,

más se adentra en su laberinto

formado por complejos sentimientos.

 

Cuanto más se verbaliza,

más fácilmente se olvida

 la acción mental más sencilla

que es para toda vida precisa.

 

En busca de su más profundo sentir

ruge la bestia dentro de sí.