Hacia la Revolución Constitucional que ponga fin a la monarquía aristocrática de partidos

Las consecuencias de la partitocracia y la posibilidad real de alcanzar una verdadera democracia.

Esquema explicativo de la monarquía de partidos

Consecuencias de la perversión del sistema pactado por los partidos políticos en 1978:

1. No hay separación de poderes: el órgano de mando de un mismo partido elige a los miembros del Gobierno y a los integrantes del grupo parlamentario dominante de la cámara legislativa, de modo que el legislativo queda siempre subordinado al ejecutivo por la jerarquía interna del propio partido. La apariencia de una separación de poderes es creada mediante el discurso político confundiendo separación con la mera división conceptual del poder soberano en dos.

2. No existe un sistema de mayoría: el régimen proporcional de votación garantiza un sistema pactario o de consenso, en que el poder es repartido mediante pactos entre los dirigentes de los diferentes grupos parlamentarios. Cada vez que hay elecciones, los dirigentes de cada partido político confeccionan una lista por provincia Todas las listas se encuentran conformadas por partidarios dispuestos a obedecer en cuanto al sentido que darán a sus votos en la cámara legislativa si su partido llega a ser lo suficientemente votado en su circunscripción como para tocarle ocupar una de las sillas. Una vez el partido alcanza una cuota efectiva de poder, solo los diputados situados al final de las listas electorales, o en las listas de menor tamaño, corren un riesgo real de perder su cargo por falta de votos en las próximas elecciones.

3. La acción política tiende a la moderación: a medida que un partido mejora su posición en el reparto del poder, puede comprobarse como el discurso político de sus dirigentes tiende a moderarse y progresivamente reducen sus propuestas más radicales. Mienten públicamente para agradar al mayor número posible de oyentes y así convencerles de que emitan las papeletas del color de su partido, cuando la realidad es que incumplen una y otra vez sus promesas de cambio real del sistema para ser aceptados como parte negociante del poder, es decir, como miembros aristocráticos de la oligarquía partitocrática, que es conservadora por necesidad de supervivencia.

4. Creciente desamparo de los derechos fundamentales: el Tribunal Constitucional se inspira en el principio de adaptar la Constitución a la ley, y no a la inversa. Dado que los magistrados constitucionales ad hoc son nombrados directamente por los partidos políticos que elaboran las leyes, difícilmente tendrán por regla derogarlas cuando son contrarias a un precepto constitucional. Cada vez son más las leyes contrarias a uno u otro derecho fundamental que continúan vigentes con el beneplácito del Tribunal Constitucional. Además, la creciente ineficiencia de los partidos políticos para legislar sobre cuestiones procedimentales y su negativa a procurar más recursos a la Administración de Justicia conllevan un desamparo generalizado de cualquier derecho que se pretenda hacer valer ante los tribunales, incluidos los derechos fundamentales.

5. Una defectuosa Administración de Justicia: los partidos políticos pueden obstaculizar la persecución judicial de la corrupción política gracias a que constitucionalmente se les permite reservarse la facultad de elegir al máximo órgano responsable de la Administración de Justicia, lo que les proporciona una influencia directa y efectiva sobre el poder judicial. El aforamiento y la inmunidad parlamentaria les sirve como garantía para evitar la persecutoriedad penal.

Conclusión: la necesidad de un cambio de las reglas fundamentales que rigen la política es inminente, pero me temo que ningún cambio profundo del sistema político podrá jamás conseguirse mientras se continúe votando en elecciones de listas a una aristocracia de partidos (que las listas sean cerradas o abiertas poco importa, pues tanto en uno como en otro caso seguirán siendo confeccionadas por los dirigentes de los partidos políticos). Una y otra vez se confirma que los partidos políticos no buscan satisfacer el interés de la sociedad civil, sino el de sus propios allegados y benefactores. Por esta simple razón, no podemos confiar en ellos como los artífices de un cambio constitucional. La futura Asamblea Constituyente necesariamente habrá de ser independiente, sus miembros no podrán pertenecer a ningún partido político. De lo contrario, nada que fuere digno de llamarse Constitución será jamás aprobado.

La Constitución de 1978 ni tan si quiera cumple con los requisitos formales más básicos exigibles a toda democracia. No existe ni separación de poderes, ni representación política directa. Es más, ni tan siquiera hubo un referéndum constituyente, pues como regimentalmente cabía esperar, salió victoriosa en plebiscito la una única alternativa que se les ofreció entonces a los españoles, perpetuada por decenios gracias a un conformismo socialmente consensuado en favor de partidos tiránicos que se encuentran integrados, de facto, dentro del Estado como sus órganos supremos. Esto es tanto como decir que en España no hay ni democracia ni libertad política, tan sólo derechos otorgados defectuosamente protegidos.

La abstención es la única alternativa política por ser una acción colectiva, simple y pacífica de clara muestra de disconformidad con el poder incontrolado de los partidos políticos. Quien espera cambiar algo votando a uno u otro grupo aristocrático (actual o potencial), se acostumbra a ceder su voluntad al menos malo de los postores y termina incluso por ignorar que exista la posibilidad de no ejercer su voto, perdiendo todo atisbo de libertad.

Es necesario iniciar un periodo de libertad constituyente, cuyo camino no puede más que estar marcado por el descubrimiento de la abstención electoral como alternativa efectiva de acción, como paso previo a la realización de manifestaciones multitudinarias por la libertad política. Y dado que en semejante periodo el sector público puede correr un riesgo alto de desplomarse, al inicio del camino convendría preestablecer qué normas procedimentales serán necesarias para el buen cauce del proceso de elaboración y aprobación de la nueva Constitución, como por ejemplo:

1º. Nombramiento de un Jefe del Estado Suplente, que hará las veces de Jefe del Gobierno. Habrá de ser elegido directamente en sufragio universal alcanzando la mayoría absoluta en una circunscripción única nacional. Sus funciones principales serán gestionar la Administración Pública, representar a España ante las Naciones extranjeras y hacer ejecutar las leyes en todo el territorio nacional, las cuáles no podrá modificar ni derogar. No podrá a su vez ser miembro de la Asamblea Constituyente.

2º. Al día siguiente de la elección del Jefe del Estado Suplente, se suspenderá la Constitución, salvo su Título I (De los derechos y deberes fundamentales), que permanecerá vigente hasta la aprobación de la nueva Constitución. Esto implicará la suspensión inmediata de la partitocracia o aristocracia de partidos, de la monarquía y de todo el sistema administrativo autonómico, procediéndose al cese del Rey y de todos los cargos políticos, sin salvaguardia de privilegio alguno. El Gobierno central tomará temporalmente las funciones ejecutivas que hasta entonces correspondían a los Gobiernos autonómicos.

3º. En un plazo mínimo de un mes y máximo de tres meses tras la elección del Jefe del Estado Suplente, habrán de celebrarse elecciones a la Asamblea Constituyente, cuyos miembros habrán de ser elegidos directamente por sufragio universal mediante un sistema uninominal de mayoría absoluta entre candidatos independientes, sin filiación a partido político alguno. El número de diputados constituyentes habrá de coincidir aproximadamente  con el número de habitantes en toda la Nación dividido entre 100.000. Los diputados constituyentes habrán de elaborar y aprobar, en el periodo de un año, al menos dos propuestas constitucionales: la una monárquica y la otra republicana. El periodo constituyente finalizará con un referéndum en el que el pueblo elija libremente qué Constitución prefiere para toda la nación, elección que habrá de estar ordenada por la simple regla de que la Constitución victoriosa tan sólo será aquélla que obtenga la aprobación de al menos el 50 por ciento de todo el censo nacional. Si ninguna Constitución llega a cumplir este requisito por no alcanzar los suficientes votos, el referéndum habrá de ser repetido en un periodo de tres a seis meses de duración. Si de nuevo ninguna Constitución alcanzara el 50 por ciento del censo, se procederá a una nuevas elecciones a la Asamblea Constituyente, y así sucesivamente hasta que la última de las Constituciones salga victoriosa.

4º. De ser necesaria una Ley de Presupuestos, habrá de ser elaborarla por el Gobierno y aprobada por la Asamblea Contituyente. Ninguna otra norma con rango de ley podrá ser aprobada.

5º. Una vez entre en vigor la nueva Constitución, se emprenderá la transición al nuevo sistema según se disponga en ella, rompiendo con el régimen anterior.

Aunque la necesidad de un cambio sea ya inmediata, todavía son muchos los obstáculos que deben superarse en la senda hacia la revolución constitucional. Entre ellos, el mayor de los obstáculos lo constituyen las masas adheridas a los partidos políticos, es decir, todos aquéllos que continúa votando en las elecciones a una u otra sigla, alimentando con sus votos a la aristocracia política. Es obvio que nadie podrá obligarlos a no votar, por lo que deberán ser ellos mismos quienes, hartos de las injusticias y el engaño, decidan libremente no volver a asistir a una urna hasta que no se inicie un periodo de libertad constituyente que dé origen a una verdadera democracia.

Vida y voluntad

La voluntad de conservación es el carácter definitorio de la vida.

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, en la primera acepción de la palabra, voluntad es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta. Además, tiene otras once acepciones (http://dle.rae.es/?id=c2gSOgP), pero ninguna de ellas proporciona un significado completo y acertado de este concepto. La voluntad no es una facultad más del ser volitivo, sino que es su esencia, la característica más definitoria de su naturaleza. La voluntad es la singularidad común a toda forma de vida. Por ello la expresión voluntad de vida constituye una tautología. La expresión voluntad de sobrevivir, sin embargo, sí es válida, en tanto que una voluntad de morir también es posible, aunque ésta nos sea más extraña. El suicidio, el acto más extremo en que puede incurrir una forma de vida al manifestar una voluntad de morir, no es exclusivo del ser humano ni de los mamíferos, pues puede darse también en otras especies de animales. En este sentido, es discutible si en una planta sería posible que existiera una voluntad de morir.

Sabemos que los árboles también mueren, y a veces mucho antes de alcanzar su esperanza de vida natural, dejando a un lado la intervención humana (la tala de árboles). ¿Qué papel desempeña el propio árbol en su muerte prematura? ¿Actuaron sus células con conocimiento de la proximidad de la muerte? ¿Aceleraron el proceso o trataron de evitarlo? Las plantas también cuentan con un sistema inmunitario frente a las amenazas patógenas. Cuando la amenaza es grave, el árbol puede llegar al extremo de sacrificar sus propias células, o incluso ramas enteras, para tratar de salvarse. Pero si aun así su muerte es inevitable, sus células terminarán aceptándola justo antes de la caída.

Obviamente las formas de voluntad que puedan manifestarse en las plantas son más elementales que las que puedan manifestarse en los animales. Mi tesis es la siguiente: la voluntad de las plantas ocurre a un exclusivo nivel celular, mientras que la voluntad de los animales ocurre a un doble nivel celular y supracognitivo, inconsciente y consciente.

La voluntad es el medio que tiene la vida para la conservación de la propia forma en primer término, y en última instancia para la autoliquidación en aras a la conservación colectiva de la vida más allá de la propia forma. Téngase en cuenta que la muerte es condición necesaria para la vida. Sin aquélla no habría ésta. La voluntad de morir es tan natural como la de sobrevivir. Ambas son necesarias, aunque la voluntad de morir tan sólo se da en el momento final, mientras que la voluntad de sobrevivir se da desde el nacimiento hasta ese momento final. Ambas formas de voluntad pertenecen a una voluntad colectiva superior, la voluntad de conservación de la vida.

Cambio climático

Soplan los vientos

sobre desiertos asfaltados.

Suenan los truenos

entre instantáneos relámpagos.

Contra metálicas cumbres

estallan zeústicos rayos.

Se inundan las calles,

se llenan de charcos.

 

Furiosa es la naturaleza

cuando la tempestad se presenta.

Ante el tiempo caótico,

cobijo y paciencia.

 

Entre las aguas de los cielos

el águila imperial emprende su vuelo

al encuentro del robusto roble

entre cuyas ramas abrigarse

junto a la manada vacuna

que bajo sus hojas se guarda.

 

A la espera del estelar firmamento

y de los rayos de Sol reflejados

por la ladrona menguante,

duerme el águila sobre la manada

mientras danzan las hojas sujetas

a las cimbreantes ramas.

La previsible ausencia de teísmo

La teología tiene los días contados.

En su libro El Anticristo, maldición sobre el cristianismo, Friedrich Nietzsche analizó la situación de la Iglesia en el siglo XIX y predijo su futura desaparición en pocos siglos. Hoy podemos comprobar que no se equivocaba. Aunque todavía no haya desaparecido, la Iglesia se trata de una organización milenaria que, como tantas otras organizaciones religiosas, se encuentra en un estado de descomposición irreversible. Las nuevas generaciones en Europa ya no van a misa, ya no rinden un culto fervoroso a un Dios Jehová todopoderoso y salvador, salvo excepciones, y estas excepciones suelen deberse más a obligaciones familiares que a las propias creencias.

Quien hoy cree en Dios, por norma general, cree en realidad en una fuerza superior, pero no en un ser superior. Pues no hay ser en el universo que pueda ser inmortal (esto es hoy una evidencia científica). Ni siquiera las estrellas, o los agujeros negros, que según los últimos descubrimientos conforman los centros de las galaxias, perduran para siempre. Tarde o temprano, terminarán permutando, cambiando, fusionándose y alejándose, en un eterno baile cósmico en el que toda la materia se encuentra inmersa, incluyéndonos a nosotros mismos (la Tierra no cesa de bailar en uno de los brazos de la espiral que conforma la Vía Láctea).

La figura moribunda de Cristo ha durado ya suficientemente sobre la cruz. Es hora de liberar a este pobre personaje de su tormento. De que renazca bajo una nueva luz, después de su muerte, no como un nuevo ser, sino como una fuerza que permanece en constante regeneración. Con ese dios yo no tendría ningún problema. Un dios que no fuese contrario a los sentidos. Amén.

¿Dónde está la felicidad?

Espero, con paciencia espero

a alcanzar el anhelado oasis

virgen a orillas del desierto

de cuyos manantiales brota vida

entre sus aguas cristalinas.

De las ruinas me he liberado.

Largo tiempo ya he caminado entre arena,

mas al oasis no lo encuentro.

Tan sólo en espejismos lo vislumbro por momentos.

El avestruz renacido

          No es cierto que el agua no tenga sabor. Quien cree esto poco conoce sobre los sabores de la vida. Inevitablemente agridulce, pero siempre con un toque salado. En toda rabieta siempre se esconde una gracia.

          Lo cierto y verdad es que nadie tiene la culpa de mis sabores agridulces, que no son más que consecuencias de mi entorno. Zaratustra es mi guía espiritual. La locura de la vida tan sólo la sufre el hombre, así como las mujeres, aunque ellas en un tono distinto.

          La ira es mi más rápido instinto de conservación. Cual rayo fulminante la dejo caer sobre el mundo, olvidándome en el proceso de ella. Yo no tengo miedo a que me pregunten, aunque a veces pueda ponerme nervioso. Como todo el mundo en realidad. También le he perdido el miedo a las consecuencias legales de mis actos. Será porque conozco el Derecho.

          Yo suelo tender a centrarme en mis errores emocionales. ¿Y el ruido? Al ruido miedo ninguno. Me llevo bien con todos mis vecinos. Soy así. Para mí, mi sonido es música celestial para mis oídos. Significa vida, fuerza, energía, movimiento, baile.

          ¿Y Dios? El miedo a Dios es el mayor de los absurdos. Se corresponde con el miedo a los muertos.

          Yo no tengo miedo a que me pregunten, aunque a veces pueda ponerme nervioso. Como todo el mundo. También le he perdido el miedo a las consecuencias legales de mis actos. Será porque conozco el Derecho.

          No es cierto que el agua no tenga sabor. Quien cree esto poco conoce sobre los sabores de la vida, inevitablemente agridulce. Pero siempre con un toque salada. En toda rabieta siempre se esconde una gracia. Lo cierto y verdad es que nadie tiene la culpa de mis sabores agridulces, que no son más que consecuencias de mi entorno.

          Zaratustra es mi guía espiritual. La locura de la vida tan sólo la sufre el hombre, así como las mujeres. Pero en un tono diferente.

          Tiendo a centrarme en mis errores emocionales. Así es como avanzo en el pensamiento y, por extensión, en la vida. ¿Y el ruido? Al ruido miedo ninguno. Me llevo bien con todos mis vecinos. Soy así. Para mí, mi sonido es música celestial.

          El enfado de uno provoca siempre miedo a otro, o un sabor agridulce que genera una bola de enfado en la mente ajena. Sin duda ninguna que uno tiene el deber de ser responsable, pero también el derecho a disfrutar de la vida.

          ¿Y el pudor? El pudor es basura. Lo raro es la gente que no sabe sentí lo agrio y lo dulce al mismo tiempo. La memoria se pierde cuando uno se enfada por cosas que olvida. ¡Cuidado con los enfados!

          Escuchádme bien, amigos míos. ¿Quién creen ustedes que fué la serpiente, sino el hombre transmitiendo sus emociones a través de ella? ¿Eso? Eso estaba condenado al fracaso. Siguiente página.