El marrón que tengo dentro

La dignidad la encuentra el hombre dándose el ego que merece. Ni más grande, ni más pequeño. Ni más arriba, ni más abajo.

Bendito loco el que pretenda dar nuevos y vivos colores a esa masa empedrada, perforada en su superficie con sobresalientes formas erosionadas. Sólo las voluntades más fuertes se atreven a adentrarse por sus poros en las profundidades del abismo, donde los afortunados encuentran la novedad y la viveza que creyeron una vez olvidadas. Su locura los impulsará a sacarlas a la luz, perdiendo por el camino su esplendor. Y el más temerario se deja simplemente traslucir por la diversidad de los colores que lo envuelven, deslumbrando con ello a todo el que lo observa.

La apatía es la enfermedad mental posiblemente más propagada entre los humanos a comienzos del siglo XXI, al menos en occidente. El exceso de distracciones, paradójicamente, es su principal causa. El individuo se olvida de su profundidad y se queda tan sólo en lo superficial de sus sentidos, debilitando la intensidad de sus emociones más elementales y generando un desequilibrio interno que destaca por el aburrimiento y por un estado de ánimo volátil. Las excepciones con facilidad se pierden, porque sus caminos, aunque rectos, parecen ser los más torcidos. En cualquier caso, éstos están curados de aburrimiento, pues cuentan con un sentido más profundo de su propia vida.

La dignidad la encuentra el hombre dándose el ego que merece. Ni más grande, ni más pequeño. Ni más arriba, ni más abajo. Toda meta es un ocaso hacia un nuevo camino. Comienza hoy el camino del espíritu recién liberado de sí mismo. Es hora de desaprender para poder avanzar. Exige mi profundidad un sacrificio, el sometimiento de mi voluntad como precio por la libertad. En el fondo, este sacrificio ya se ha celebrado en el origen de todo ser volitivo, siendo la consciencia del mismo el precio que se paga por la liberación. Todas las experiencias pasadas se han vuelto ligeras a mi espalda, cual plumaje que me eleva extendiendo la vista hacia el porvenir, libre de dirigir mi rumbo hacia los inconscientes confines de la necesidad.

La vanidad, esa piel caprichosa del ego, impulsa constantemente a hablar a mi mente, mientras que mi alma suplica escuchar, cual constante interrogación. A escribir, sin embargo, ella también me impulsa. Someterse a los impulsos del alma conlleva la liberación del espíritu, cuya voluntad surge de la relación entre el todo con sus partes, regidas por el principio de lealtad. La liberación implica una exteriorización efectiva de este principio, más allá de las células que componen al organismo vivo. Todo impulso del alma es leal por naturaleza a la propia vida.

Todo cuerpo vivo se encuentra en un constante proceso de renovación que durará hasta su muerte. Sea o no consciente de ello, un ser nunca es el mismo al de antaño y será otro en la mañana. Pero cuanto más nos adentremos en sus entrañas, más nos acercaremos a la igualdad universal que todo espacio temporal esconde.

Cuánto más cercana está la cima, más difícil resulta mantener el equilibrio. El miedo a la caída, el horror a la vergüenza, dispara a la mente por doquier, llevando al equilibrista a pensar en las cosas más extravagantes, preguntándose cuántas de ellas se harán realidad. Pero con cada caída surge un nuevo intento; con cada paso, un nuevo camino; con cada logro, un nuevo objetivo; con cada acción, un salto evolutivo. La verdad es su religión, porque su búsqueda lo libera y a ella es leal.

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