La realidad de los partidos

Ningún partido se mueve ya impulsado por un afán de aplicar los dogmas de la ideología que pretende seguir.

Todas las ideologías supuestamente defendidas por los partidos políticos actuales tienen su origen en el siglo XIX. Dos siglos de experiencia nos demuestran que las diferentes premisas en que se sustentan todas estas ideologías son erróneas. De lo contrario, alguna de ellas ya habría triunfado en la consecución de sus propósitos, pues todas ellas cuentan con Estados que han tratado de aplicar sus principios a lo largo de los siglos XIX y XX. ¿Por qué, a pesar del patente fracaso de las ideologías y de la imposibilidad manifiesta de alcanzar ninguna de las utopías que predican, continúan los partidos políticos haciendo alarde de ellas en sus discursos y en su propaganda electoral? Porque las ideas utópicas, aun siendo imposible su realización, tienen una enorme fuerza de atracción de las masas. Pero ningún partido se mueve ya impulsado por un afán de aplicar los dogmas de la ideología que pretende seguir. Un partido político es un instrumento de poder, y como tal, su único objetivo es alcanzar el control del Estado o de una parte del mismo.

En un sistema democrático, el partido político actúa como un instrumento intermediario entre la sociedad civil y el poder del Estado que, sin integrarse en éste, cumple una única función de catapulta al poder en los momentos de elección de los legisladores o del gobernante, careciendo por completo de función poselectoral. Cada candidato tiene su propio programa electoral, que habrá de ser coherente con las funciones del cargo al que aspira, y no sólo se enfrentarán candidatos de diferentes partidos entre sí, sino también del mismo partido. En el momento en que el candidato más votado toma posesión del cargo, deja de actuar en nombre de su partido, siendo completamente independiente de éste en su actuación en el ejercicio del poder que pasa a ostentar. De este modo, la persona elegida como representante legislativo es directamente responsable de sus actos frente a la mónada que lo eligió, careciendo de un jefe al que obedecer y culpar. Las leyes que proponga o avale y el sentido de sus votos le serán directamente imputables. En cuanto a la persona elegida para gobernar en el Estado, responderá directamente ante toda la Nación por su forma de hacer ejecutar la ley, pero no por la ley en sí, al ser ésta aprobada sin su injerencia, pues en el proceso de aprobación de las leyes el Gobierno tiene voz pero no voto.

El funcionamiento de los partidos políticos en los regímenes oligárquicos difiere por completo del que tienen los partidos en un sistema democrático. En las partidocracias, los partidos políticos adquieren la forma de instituciones permanentes integradas en el Estado, perdiendo la función de intermediación con la sociedad civil. Los partidos se presentan en bloque a las elecciones, y son estos los que toman el poder, no personas concretas salidas de la sociedad civil. El programa electoral es único para todo el partido y es utilizado como un medio de propaganda más a su disposición. Al carecer de fuerza vinculante no importa cuán descabelladas y fantasiosas sean las intenciones que con bellas palabras se declaren en el mismo, una vez en el poder no les será de aplicación. Al final quien manda es el jefe de partido, y no importa las promesas que se hubieren hecho, a éste habrá que obedecer. En estos regímenes la persona gobernante tiene voz y voto en el proceso de aprobación de las leyes, y por medio del poder de dirección que ejerce sobre la estructura jerárquica del partido político del que es jefe, controla a la mayoría del cuerpo legislativo. De modo que el jefe de Gobierno es de hecho quien aprueba las leyes, además de ejecutor es el legislador, con o sin la ayuda de otros jefes de partido según la mayoría parlamentaria que ostente. En un régimen de estas características no es de extrañar que los partidos políticos actúen como los dueños del Estado y de lo público, pues lo son de facto. Dejarán morir de hambre a los gobernados antes que obligarse a ceder en sus dominios, antes que perder un ápice de soberanía. ¿Cómo es posible que estos partidos continúen siendo legitimados por una mayoría del pueblo que les otorga su voto? Gracias a las ideologías. Gracias a las identificaciones en masa a la izquierda y a la derecha. Mientras continúe rigiendo esta ficción decimonónica, de la que los partidos toman sumo provecho cada cuatro años, el pueblo continuará siendo súbdito a pesar de creerse soberano.

La domesticación política

Una verdad difícil de masticar.

La corrupción del Estado tiene su origen en la cúspide, pues es la cúpula de los partidos políticos la que decide quiénes son los encargados de ejercer la gestión y el control de lo público. En todas las partidocracias, un partido político es una organización privada que tiene por función la integración de sus miembros en el aparato estatal. Todos los partidos integrados en el Estado reciben buena parte de su financiación del Tesoro Público y funcionan, sin excepción posible, bajo una estricta estructura jerárquica.

La domesticación del colectivo por parte de quienes ejercen el poder se realiza mediante la convocatoria de procesos consistentes en la introducción de papeletas en urnas, en virtud de las cuáles, una vez finalizada la encuesta poblacional, se determina la cuota de poder que corresponde a cada partido político según una fórmula matemática basada en la proporcionalidad, de modo que los cabezas de lista tienen el puesto garantizado. La exigencia de responsabilidad política mediante votaciones es imposible. Aun así, una vez el colectivo actúa conjuntamente en el proceso de reparto del poder por cuotas proporcionales, dominará la creencia entre los individuos de haber participado en una decisión colectiva y de ser por ello políticamente responsables, cuando la verdad es que toda posibilidad real de elección ha sido previamente excluida por facciones marcadas con siglas. Es más, las diferentes alternativas políticas que cada facción pudiera ofrecer no se diferencian en el fondo en cuanto al verdadero propósito que persiguen. La domesticación se perfecciona de este modo mediante regímenes de creencias predefinidos y ofrecidos en bloque, siendo todos ellos idénticos en las premisas que configuran su falsaria esencia.

La ausencia de democracia

Ni uno solo de los países que conforman hoy Europa tiene una democracia, pues ni uno solo de ellos consagra la separación de poderes en sus reglas de juego político.

La democracia representativa es simplemente aquella forma de gobierno en la que se consagra, como reglas del juego político, la separación de poderes y la representación política. La separación de poderes asegura la independencia de los legisladores frente al Estado, así como del Estado frente a los legisladores. En ella reside la verdadera esencia de la democracia, la limitación de los poderes enfrentándolos entre ellos. Esta separación tan sólo podría conseguirse mediante elecciones diferenciadas en el tiempo para el Jefe de Gobierno y para los miembros del cuerpo legislativo.

En cuanto a la representación política en el cuerpo legislativo, ésta únicamente podría ser ejercida por personas libres e independientes de todo mando, leales al mandato de sus votantes. La consagración como derecho fundamental del sufragio universal resulta del todo ineficaz como medio de representación de los ciudadanos si no se acompaña de un sistema de elección mayoritario, pues sólo así se podría establecer una relación de mandato entre los habitantes de cada distrito electoral y la persona elegida directamente por la absoluta mayoría de los votos emitidos en el mismo. El sistema electoral proporcional, sin embargo, asegura una distribución del poder según las cuotas que correspondan a cada jefe de partido a partir de los resultados electorales una vez aplicada la fórmula de reparto legalmente establecida, con la que se determinará el número de asientos en las cámaras legislativas que controlará cada uno.

Ni uno solo de los países que conforman hoy Europa tiene una democracia, pues ni uno solo de ellos consagra la separación de poderes en sus reglas de juego político. Entre estos países impera, sin embargo, el sistema electoral proporcional, que supone el reparto del poder mediante la concesión de escaños a los jefes de los partidos políticos según los resultados de una encuesta poblacional que se realiza periódicamente sobre la marca política favorita. Es decir, que en una misma votación se decide qué partido o partidos pasarán a ejercer el poder ejecutivo y legislativo, evidencia de que la separación entre estos no existe. Los partidos políticos carecen de facto de la capacidad para poder actuar en representación de un colectivo ajeno a su propia organización. Cualquier referencia doctrinal, e incluso normativa, a la representación ejercida por partidos políticos es pura ficción, pues faltan los elementos necesarios que se han de dar de origen para que pueda surgir una relación de mandato entre los miembros que forman parte del cuerpo legislativo y el sujeto colectivo que conforma a la Nación.