La previsible ausencia de teísmo

La teología tiene los días contados.

En su libro El Anticristo, maldición sobre el cristianismo, Friedrich Nietzsche analizó la situación de la Iglesia en el siglo XIX y predijo su futura desaparición en pocos siglos. Hoy podemos comprobar que no se equivocaba. Aunque todavía no haya desaparecido, la Iglesia se trata de una organización milenaria que, como tantas otras organizaciones religiosas, se encuentra en un estado de descomposición irreversible. Las nuevas generaciones en Europa ya no van a misa, ya no rinden un culto fervoroso a un Dios Jehová todopoderoso y salvador, salvo excepciones, y estas excepciones suelen deberse más a obligaciones familiares que a las propias creencias.

Quien hoy cree en Dios, por norma general, cree en realidad en una fuerza superior, pero no en un ser superior. Pues no hay ser en el universo que pueda ser inmortal (esto es hoy una evidencia científica). Ni siquiera las estrellas, o los agujeros negros, que según los últimos descubrimientos conforman los centros de las galaxias, perduran para siempre. Tarde o temprano, terminarán permutando, cambiando, fusionándose y alejándose, en un eterno baile cósmico en el que toda la materia se encuentra inmersa, incluyéndonos a nosotros mismos (la Tierra no cesa de bailar en uno de los brazos de la espiral que conforma la Vía Láctea).

La figura moribunda de Cristo ha durado ya suficientemente sobre la cruz. Es hora de liberar a este pobre personaje de su tormento. De que renazca bajo una nueva luz, después de su muerte, no como un nuevo ser, sino como una fuerza que permanece en constante regeneración. Con ese dios yo no tendría ningún problema. Un dios que no fuese contrario a los sentidos. Amén.