El niño inconsciente

Poesía en busca de la madurez.

Llora el niño desconsolado por su juguete,

no soporta que nadie pueda arrebatarle

lo que por derecho le pertenece.

Su furia es expulsada en llánticos incesantes,

mientras en su cabeza tan sólo existe su querer

que pretende hacer imponer mediante voces estridentes.

 

En el fondo del hombre moderno se esconde este llorón ente,

Antaño fue su pasado y hoy es su presente,

aunque trata de disimularlo con las muecas más solemnes.

A sí mismo se lo oculta en lo más hondo del subconsciente.

Pero cuanto más hundido, más fuerte llorará impotente,

resonando en el eco de todos sus pensamientos incipientes.

¿El secreto para callarlo? Lo guarda en el silencio de su mente.

Recuerda que él no quiere más que rescatar a su juguete.

El resurgir de los dioses

Para poder avanzar en el pensamiento es necesario retroceder en el tiempo.

Los griegos veían a sus deidades en las relaciones que conformaban el mundo. En toda relación existía una fuerza titánica o divina que la hacía posible. Incluso las relaciones domésticas tenían a su diosa protectora. Si la humanidad se atreviese de nuevo a profetizar a las deidades a través de un pensamiento libre, prescindiendo de los códigos de conducta y de los pastores de rebaños, sin duda volvería a encontrarlas en las relaciones que vinculan al universo. ¿De verdad puede considerarse como un avance en el pensamiento la creencia en un dios único y excluyente existente en un mundo extracorpóreo, como si el mundo estuviera formado por una invariable relación vertical de un todo cambiante con un uno permanente y soberano situado en el más allá? ¿Qué explicación podría dar la existencia de un dios extracorpóreo sobre el misterio que se esconde tras las relaciones que conforman el todo? ¿No tuvieron los griegos mayor razón en su mitología que nosotros en nuestra religión? ¿No contradicen todas las religiones jerárquicamente organizadas la realidad de una relación cíclica universal, en la que uno deviene todo y todo termina deviniendo uno? Los profetas religiosos cometieron el error de confundir la cuna con su dios, olvidando que lo verdaderamente titánico se encuentra en las fuerzas naturales que armónicamente impulsan al caótico universo.

Quien cree en el dios de una religión, en realidad está creyendo en el profeta que lo predicó. Mejor sería creer en el profeta de la propia mente que en el de la mente ajena. ¿Qué mejor ofrenda podría dar un creyente a su dios que la plena libertad en su pensamiento? ¿Acaso para ello no habría de darle incluso la libertad de morir? Zaratustra, el último de los profetas, quien a todos es accesible, pues en su morada a todos acepta, jamás predicó la inexistencia de ningún dios, pues de lo contrario no hubiere podido advertir la muerte de Dios, es decir, el final de los dioses artificiosamente modelados por religiones organizadas en torno a codificaciones arcaicas de la moral. Profetizó el fin de la religión como instrumento de dominación de las masas.

Toda creencia que ha sido previamente elegida se encuentra viciada por las preferencias personales del creyente. La creencia libre es aquélla que no es impuesta previa elección, sino simplemente aceptada cuando llega y despedida cuando va, en una continua renovación hacia el conocimiento de la verdad.

La pordiosera

Poema de la consciencia a las profundidades.

¡Oh ánima que ante mí te presentas!

Tu morada es un misterio

 en lo más hondo de mi existencia.

Tú que incorpórea tus caderas

contoneabas con sutil destreza

mientras sinuosa bailabas

la danza de la Tierra.

En mis sueños te apareces

sumida en la desgracia,

pordioseas para que haga

lo que a mi consciencia no alcanza.

¿A mi interior le gritas? ¿Pides obediencia?

Lo siento princesa, demasiado tarde.

A mis amos internos los he liberado.

Tú eres la última que queda

en esta prisión etérea

a la que te obstinas en agarrarte.

La desvergüenza de los medios de comunicación audiovisual

La gran especialidad de estas compañías no es la divulgación de información, ni el entretenimiento de los televidentes, sino la manipulación emocional en masa.

Los grupos de comunicación audiovisual con cadenas de televisión abiertas al público de ámbito nacional conforman el oligopolio más restrictivo de la competencia en toda España, para cuya entrada se requiere de una licencia concedida directamente por el Consejo de Ministros. Se trata del único mercado español en el que se exige el expreso beneplácito del más poderoso órgano del Estado para poder acceder al mismo. Esto explica cómo es posible que el 50% de los canales de televisión de ámbito nacional se encuentren bajo el dominio de Atresmedia y Mediaset (17 de 34), y que más del 50% de los canales restantes estén controlados por Televisión Española (9 de 17).

La gran especialidad de estas corporaciones no es la divulgación de información, ni el entretenimiento de los televidentes, sino la manipulación emocional en masa. Obsérvese sino el trato que se le da a la desaparición de un niño asesinado, una noticia que para estos grandes grupos mediáticos supone una oportunidad de oro con la que incrementar su audiencia, pues de esta forma aumentan las ya elevadas tarifas que cobran por cada spot publicitario. La explotación de una noticia de esta naturaleza la realizan de modo que, mientras hablan de la muerte de un niño ofreciendo las opiniones más burdas y desinformadas subiendo progresivamente el tono, generando un espectáculo que le ponen a uno los nervios a flor de piel, realizan una o varias pausas publicitarias, tratando de dejar al espectador en un estado de mayor excitación posible, por ser éste el estado en el que será más susceptible de ser convencido para que compre tal o cual producto y contrate cual o tal servicio, induciéndole la mayor de las prisas para que calme su excitación con el consumo de alguno de los maravillosos bienes que ante sus hipnotizados ojos se presentan.

Miren si es fácil la inducción de ideas en las masas, que basta con que el presentador de un programa de televisión repita cada vez que se vaya a la publicidad lo importante que es ésta, para convencerlas de que en ellas recae un importante deber de no cambiar de canal. Precisamente por la facilidad con la que estos medios son capaces de propagar sus ideas con la mera repetición, el Gobierno se ha preocupado de tener un control directo sobre este mercado. A estas alturas, lo más sensato que puede hacer una persona que quiera mantener su cordura es desintonizar todas las cadenas de su televisor. Con internet al alcance de la mano es más que suficiente para estar informados sobre la actualidad.

 

La definición de la vida

Una cuestión de voluntad.

Si en algo creo que debe corregirse lo dicho por Zaratustra en la magna obra escrita por Nietzsche es en la definición que nos ofrece de la vida. En ella se afirma que la vida es voluntad de poder, es decir, voluntad más ambición de dominio. Pero la voluntad de poder como definición de la vida no es completa, en tanto que es excluyente de otra voluntad que también se manifiesta, en mayor o menor medida, en todas las formas de vida consciente, la voluntad de libertad. Son excluyentes dado que quien ambiciona el poder, lo alcanza en detrimento de su propia libertad, pues no tendrá más remedio que someterse a la obediencia que toda jerarquía de mando impone, máxime a quien está en su cúspide.

Toda vida tiene, indefectiblemente, voluntad. Hasta en el caso más extremo imaginable, como es el de la persona que vive en un estado vegetativo irreversible, persiste la voluntad del cuerpo de continuar realizando las funciones vitales más esenciales, aunque sea tan sólo de forma inconsciente.

La voluntad consciente supone la exteriorización de una anterior voluntad inconsciente que el organismo ha sido capaz de procesar. Aquélla no puede existir sin ésta, mas ésta puede existir sin aquélla. Lo consciente implica la intelección por parte del organismo de lo que se está haciendo, para lo cual se requiere necesariamente de un cerebro. Sin embargo, el intelecto no es condición sine qua non de la voluntad, pues ésta surge originalmente en lo inconsciente, y sólo después puede hacerse consciente en el organismo capacitado para ello. Se plantea aquí la cuestión de si las plantas, hongos y microorganismos forman realmente parte de lo inconsciente y si, por tanto, existe en ellos una verdadera voluntad. Cuestión que puede resolverse con la simple observación del comportamiento de sus células. La voluntad no es exclusiva de los animales (aunque sí pueda serlo la voluntad consciente). En las plantas, los hongos y todos los microorganismos existe una clara voluntad de alimento, desarrollo y reproducción.

La vida es voluntad de conservación. Desde que se nace hasta que se muere, todo organismo deviene en una sucesión de voluntades manifestadas, consciente o inconscientemente, a partir del más profundo y variable querer para vivir. Cómo y de dónde surgió la primera manifestación de voluntad en un planeta que en un principio carecía por completo de vida es algo que todavía se escapa a nuestra comprensión. Dios no puede bastarnos como respuesta, pues Él no es comprensible.

Alma radical

Poesía por la revolución del pensamiento.

Con el corazón escriben mis manos

deslizando sus dedos por el teclado.

En mi tinta impresa sobre blanco

es mi alma la que tiene el mando.

Pues ella le otorga el sentido

a las palabras que aquí escribo,

con cada sílaba marcada por la rima,

con cada verso unido en sintonía.

Radical se vuelve mi mente

cuando por mi alma me dejo guiar.

Radicalmente independiente,

sin importarme lo que piensen los demás.

Radicalmente libre,

aborreciendo en el pensamiento la igualdad.

Frente al consenso de muchos,

la creatividad de uno siempre podrá más.

Amor abstracto

Poema de un enamorado irremediable.

Cuán extraño es el amor

que, sin quererlo,

imbuye al romántico corazón

en oposición a toda razón.

Fuente de las más fuertes emociones.

Origen de las más locas acciones.

Generador de un place y un dolor

que al enamorado impregnará sin compasión.

Cuanto más se resista, más fuerte será su caída

en la pasión por una imagen inalcanzable,

en la búsqueda de una ilusión irrealizable,

en la persecución de una utópica dicha.

Dicha que sólo en su interior se encuentra,

pues jamás fuera de sí podrá conseguirla.