La decadencia moral

Nos encontramos en un inestable periodo de transición de la vieja a la nueva moral.

La moral existente en las Naciones de origen latino, fundada en la religión católica, se encuentra en un estado de descomposición irreversible. Este proceso degenerativo tiene su origen en los inicios de la Edad Contemporánea, coincidiendo con las primeras expediciones científicas y con la desdivinización del poder de los Estados. El principal síntoma de encontrarnos ante una moral moribunda se manifiesta en su más infecciosa enfermedad, que cual plaga bíblica se esparce generación tras generación hasta corromper a toda la sociedad. Hablo de la generalización de la decadencia de la lealtad entre los individuos en sus relaciones mutuas, de la desvalorización del cumplimiento de la palabra dada, de la aceptación de la mentira como la regla general y del conformismo servil. Esto ha traído inevitablemente consigo el imperio del principio de deslealtad institucional en el funcionamiento del aparato de los Estados, favoreciéndose la servidumbre voluntaria y condenándose la libertad política, con la subordinación de los intereses de la Nación a intereses particulares. Éste es el gran problema al que, generación tras generación, nos enfrentamos en Europa desde finales del siglo XVIII.

Nos encontramos en un inestable periodo de transición de la vieja a la nueva moral, caracterizado por el nihilismo de las masas alienadas bajo los principios amorales más sonantes del momento. No bastará con la mera imitación de lo ya perecido para el surgimiento de la nueva moral, pues ésta habrá de ser necesariamente coherente con su tiempo. La madurez colectiva de una moral consolidada requerirá de siglos de desarrollo para su consecución, sin perjuicio de que inicialmente haya de comenzar manifestándose aisladamente en la madurez de los primeros individuos en reconocerla. Una moral que, prescindiendo de toda teología, se funda en la lealtad de la especie, el espíritu de verdad y la libertad colectiva.

El origen de la moral

La moral es una necesidad colectiva para poder obtener frutos, que se manifiesta en la lealtad que se otorgan los individuos al relacionarse entre sí. La lealtad, a su vez, se funda en los buenos modales, el respeto y la confianza mutua. Antes de que surgiera el lenguaje hablado, cuando nuestros antepasados se comunicaban entre ellos sin mediación de las palabras, la lealtad ya impregnaba naturalmente el comportamiento de los individuos que, guiados por su instinto de conservación, buscaban la consecución de relaciones fructíferas y duraderas. La moral, por ende, tiene un origen anterior al nacimiento del habla y, por tanto, anterior a toda mitología.

En su origen mitológico, los dioses no eran seres morales, sino seres caprichosos que actuaban arbitrariamente según sus propios designios, situados más allá del bien y del mal. Los griegos comprendieron bien, en su mitología y su filosofía, que la moral surge del ser humano, no fuera de éste. Fue en una época posterior que se atribuyó un carácter moral a las palabras de un solo dios, como si toda ella surgiera exclusivamente de éste, y no de los propios individuos.

Sobre la muerte de Dios

Zaratustra es el nombre con el que Nietzsche designó a la voz interna más irresponsable de su ser. Se trata de un profeta libre de dios. Cual Pepito Grillo que falla una y otra vez en encauzar al inmaduro Pinocho, Zaratustra es la conciencia del ser consciente que, una y otra vez, intenta hacerse oír. Una voz sumamente sabia, pero muy lejos de la omnisciencia, pues no se salva de errar. Sin embargo, esta conciencia se distingue de todas las demás voces en la búsqueda de la verdad más allá de toda subjetividad moral. La máxima moral más cercana a la objetividad que puede tener el sujeto consciente es aquélla que exige el rechazo de toda mentira, con el motivo de liberarse de todas las falsedades que hasta entonces lo han aprisionado.

En el momento en que el culto a un dios deja de ser útil para el conocimiento de la realidad física del mundo, éste se vuelve descartable por innecesario, siendo aconsejable su eliminación para poder avanzar en el progresivo acercamiento a la verdad. Ya lo anunció Nietzsche justo antes de que escribiera su obra magna, cuando dijo: “¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!”.

Todos somos culpables de la crueldad de Dios contra el saber. Por ello, cada uno debe hacerse responsable de su muerte. Sólo aquél capaz de asumir este hecho puede realmente continuar por la senda del conocimiento. El profundo dolor que en su interior provoque la muerte de la todopoderosa divinidad concluirá con la novedosa posibilidad de elegir, entre un número incontable de deidades, a cuál de ellas seguir y rendir culto como guía para el descubrimiento de las fuerzas naturales que nos mueven. Se trata de una elección libre y coherente con las propias preferencias personales. Prueba de ello es que Nietzsche escogió al dios griego Dionisio, mientras que Jung, de acuerdo con El libro rojo, pareció decantarse más por la supremacía del dios ctónico Abraxas. ¿Y tú, a quién elegirías?

Una conexión difícil de imaginar

Es cierto que cada individuo es un mundo, pues cada mente individual conforma un mundo dinámico de abstracciones que cambia a la par que varía su entorno exterior. La mente, sin embargo, no se halla totalmente aislada, pues ésta se encuentra conectada a otras mentes por medio de los elementos comunes que en su interior comparten. La existencia de tales elementos puede evidenciarse en los arquetipos, nombre con el que Carl G. Jung designó a las formas simbólicas que, surgidas del inconsciente, se manifiestan de manera semejante en el consciente de los individuos.

La inmensa red integrada por la relación existente entre todas las mentes en su conjunto, diferenciadas entre sí mas interrelacionadas por lo que tienen en común, es lo que se denomina inconsciente colectivo. En ello reside la mayor fuente del saber, de la que la humanidad inconscientemente siempre ha dispuesto a lo largo de su historia. Del inconsciente colectivo surge naturalmente la autoridad en la que se fundamenta toda razón moral. Su potencia se actualiza a partir de las continuas manifestaciones conscientes de los sujetos volitivos que lo integran.

Cuenta Nietzsche, en su libro La Gaya Ciencia, que al filósofo francés Bernard Le Bovier de Fontenelle alguien le dijo poniéndole la mano en el corazón: “Lo que usted tiene aquí, amigo mío, es también cerebro”.

El espíritu alado

Tener agujeros en nuestros pensamientos es inevitable, pues la perfección es un imposible natural. Sin embargo, cada uno es responsable de sus propios gusanos corroedores, cavadores de las profundidades.

¿Cuál es la solución para los gusanos en la mente? Meterlos en un capullo y ser pacientes. Tarde o temprano, desplegarán sus alas, en virtud del nido que les dio sustento, dejando tras de sí los frutos del verdadero conocimiento.

Instintos humanos

La manifestación de la razón consciente guiada por el instinto de conservación de lo amado es el arquetipo predominante en el ser humano, el mayor de los tiranos.

Mediante los instintos, la naturaleza guía a las especies en sus empresas, tanto individuales como colectivas. Cuanto más complejo es el entorno, mayor es la diversidad de las reacciones instintivamente provocadas en los individuos conscientes de sí mismos y de su alrededor.

Los instintos surgidos del inconsciente individual son aquellos que persiguen la satisfacción de las propias necesidades del organismo en aras de la auto-conservación. Se corresponde con su ser más egoísta y privado, que comúnmente se manifiesta disfrazado con piel de corderito. Su arquetipo es la figura del niño.

Los instintos surgidos del inconsciente colectivo son aquellos que afectan al comportamiento de un conjunto de individuos tendentes a la conservación de su ecosistema y del colectivo del que forman parte. Se corresponde con un ser moral y omnipresente, encarnado como el guardián natural de la vida. Es habitualmente confundido con un dios, como si se tratara de un ente separado de nosotros, aunque en realidad se trata de un arquetipo, comúnmente manifestado con la figura de una bestia alada, salvaje y libre en la naturaleza.

Una tercera figura arquetípica se interpone en la relación entre el niño y la bestia. Se trata de la figura de la serpiente, encarnando a la razón consciente guiada por el instinto de conservación de lo amado, siendo común que se manifieste como enemiga de todos los demás instintos. Éste es el arquetipo predominante en el ser humano, el mayor de los tiranos, el animal más desequilibrado, tendente a la supremacía de uno en exclusión de todo lo demás.

La libertad consciente

El espíritu libre nace en el individuo al encontrar y destruir los obstáculos colocados en su propia imaginación y las restricciones auto-impuestas contra sus propios sentidos.

Cuando se trata de forzar una sumisión del sentir a la propia voluntad, se están restringiendo las propias emociones que conforman tal voluntad o, lo que es lo mismo, se están reprimiendo las propias reacciones internas que naturalmente surgen ante los estímulos externos. La negación de los estímulos externos, lo que también podría denominarse el artificio de la auto-censura o auto-mentira, es el medio eficaz para la represión de uno mismo.

Mientras que la imaginación de un individuo depende por completo de su voluntad, ya sea de forma consciente o inconsciente, su sentir, al menos desde un una perspectiva fisiológica, depende por completo de factores externos a ella. El espíritu libre nace en el individuo al encontrar y destruir los obstáculos colocados en su propia imaginación y las restricciones auto-impuestas contra sus propios sentidos.