El rugir de la bestia

Ruge la bestia

por todo aquello que su corazón anhela,

mas sus cimientos se resbalan,

se deshacen los picos de su consciencia.

En las profundidades se esconde el secreto de su esencia,

aquello que lo eleva por encima de toda creencia,

que lo coloca en el centro de todas sus experiencias.

A su propia voluntad atada por la fuerza

surgida de su inconsciente potencia,

 en busca de nuevos dominios

 ruge la bestia.

 

En la inevitable erosión del mañana

guarda el inconsciente las memorias extraviadas.

La acción mental más sencilla

 es por la bestia olvidada,

 imperceptible tras complejas estructuras

que, cuanto más rígidas, más arruinadas.

Cuanto más alejada del latir en su pecho,

menor libertad tiene en sus movimientos,

más se aleja de la salida al desierto,

más se adentra en su laberinto

formado por complejos sentimientos.

 

Cuanto más se verbaliza,

más fácilmente se olvida

 la acción mental más sencilla

que es para toda vida precisa.

 

En busca de su más profundo sentir

ruge la bestia dentro de sí.

Un animal racional

¿Tú? Tú eres el animal.

¿Y yo? Yo soy Zaratustra, todo lo demás.

Si tú no sabes encontrarme, yo no puedo escucharte.

Si tú no quieres buscarme, yo sólo sé juzgarte.

Cuando tú temes a la vida, yo me pregunto por la espera.

Cuando tú a la muerte niegas, a mí la risa me llega.

¡¿Pero a qué viene tanta sospecha?!

 

Hermoso animal que te has descubierto,

yo a ti te contengo y tú a mí me consientes.

Divinas son las palabras por permitir expresarnos,

¡pero cuánto mejor escuchamos cuando callamos!

Mucho antes de aprender a hablar ya sabías escuchar.

Vacías quedaron las palabras para los que quisieron olvidar.

 

El miedo acecha al corazón desprevenido,

pavoroso de su sed, temeroso de su hambre,

vergonzoso de su vientre y desconocedor de su sangre.

Libre aquél que conozca su palma y su ritmo,

que al miedo salude sin necesidad de vino,

dejándose fluir hacia su propio destino.

 

¡Oh Plutón! Dios del inframundo,

la naturaleza que guarda al sagrado nudo.

En mi corazón te encuentro y te saludo,

y entre pulsaciones a tu silencio me uno.

La llegada del ocaso

Un nuevo mundo ante mí se alza.

En llamas el cielo,

en hielo cubiertos,

en el centro postrados

donde se fusionan los sueños.

Un último esfuerzo,

un cálido aliento,

un único abrazo,

un eterno deseo.

Del fuego nacemos,

uno somos de nuevo.

Celeste es mi espada,

mi mirada encantada

y mi cuerpo escarlata.

 

Un nuevo mundo ante mí se alza.

Abandonada la confusión pasada,

el más claro sentir me alcanza.

Después de todo haberlo soñado,

¡cuánto por descubrir más allá de mi halo!

Cuán difuso es ahora mi yo antaño.

Escarlata es el aura que celestes palabras lanza.

Príncipe Escarlata

Poesía del inframundo.

Caluroso el ritmo de la manada,

inquietante tiembla el aire.

Los siento esconderse en sus casas,

no sea que el mal los alcance.

Cobardes en su corazón no miran

el terror que los agita

siempre peligrando sus vidas.

Peligro que atrae al aventurero,

que con cautela escucha a su miedo,

con pericia mueve su cuerpo

y con astucia le habla sincero

al diablo que lleva dentro.

Celeste es la espada del príncipe escarlata.

 

Continuamente ofendido el cobarde

malhablada es su contraparte.

Impotente se vuelve ante su hambre,

incapaz de reconocer su imagen.

Desconocedor de su pasión más deseable,

se convierte en un odiado desastre

que compadece a todos sus males.

Compasión y perdón, alabado sea el Señor.

La igualdad consensuada en las mentes esclavas.

Mas celeste es la espada del príncipe escarlata.

 

A tus dominios me he enfrentado

y en el trono te he encontrado.

Yo rojo, tú negro sobre blanco.

Mi arma me has arrebatado,

de mi cuerpo te has apropiado

y por eso yo te alabo.

Celeste es la espada y el príncipe escarlata.

 

Perdido para muchos te encuentras,

un oasis en un desierto de miseria.

Ahí donde la compasión no tiene reservas,

ahí donde el miedo no tiene quimeras,

ahí donde la unión es la diferencia,

la lealtad la virtud de la coherencia.

Celeste es la espada que tu presencia delata.

 

De tu trono te alzaste y hacia mí caminaste.

Diestro con tu arma y zurdo con tu ansia.

Una sonrisa tu mirada mostraba.

A mi cuello tu zurda agarró

y a mi corazón tu diestra atravesó.

Celeste tu espada, tu mano escarlata.

 

Prisionero de tu seno,

tu carcajada me lanzaste

y a mi vibrante pecho

tu aliento revelaste.

Azul intenso tomó la espada

de la que temeraria la sangre manaba

del bendito príncipe escarlata.

Adiós, mi amor

Yo ya no soy yo,

dejé de ser cuando te perdí.

Tú que en llamas me hacías arder

eras mi fuente de dolor y placer,

mi más secreto y profundo sentir.

Mas ya mi corazón no se acuerda de ti.

Entre las tinieblas del olvido te dejé,

en un insondable océano sin fin.

Con una fría sombra me quedé,

se apagaron las brasas en mí.

Mi pasión ya no es pasión

y yo ya no soy yo,

dejé de ser cuando la perdí.

Afortunado Diablo

Soy romántico, pero brusco con mis alas.

Por eso quiero aprender a bailar,

cual hoja danzante en la rama,

cual corriente descendente de agua,

cual ascendente llama.

Tú, acidia, te interpones en mi camino,

mala hierba generadora de vicios.

¿Con quién aprenderé ahora?

¿Quién será mi pareja de baile

si no encuentro quién me sacie?

 

El ser más solitario es el diablo,

quien de su danza hace un arte a falta de acompañante.

Encantador de serpientes y destructor de inmortales.

De piel y pelaje es la máscara en que se esconde.

Engañosas son sus palabras, mas delatante su mirada,

de ojos deslumbrantes que la más alta belleza ansían

y cuyo tacto a la pasión más intensa hechizaría.

Palpitante danzarín, manipulador de la mente infantil.

Confusor de conocimientos y guardián de la sed.

Encarnado en mortal se yergue sobre sus pies.

Libre y solitario vuela el diablo al amanecer.